¡Hola!, que bien que ya hayas llegado, siéntate, aquí tienes tu vaso, ya lo tenía preparado. Este gin-post es largo, tenía muchas cosas que contarte, y no soy muy buena resumiendo, así que lo mismo nos da para más de una copa. Hoy pensaba hablarte de puntoMOM, el evento bloguero al que asistí el pasado sábado, pero finalmente después de todo lo vivido, que fue mucho, me ha salido contarte esto…las 3 frases que cambiaron mi vida, porque la última la oí allí, en puntoMOM y me apetecía contarte las otras dos. Empiezo y luego me cuentas tú, ¿vale?:

1.- “¿Qué le pasa a tu voz? Pues una voz normal, como otra cualquiera”.

Mi infancia no fue muy difícil, pero tampoco fue fácil. Que en el colegio casi todo el mundo se ría de ti cuando pronuncias alguna palabra porque dicen que tienes voz de pito no es fácil. No, no es fácil. Tuve que aprender a leer sola en casa porque cuando el maestro me mandaba a leer en clase siempre se oían risitas. Mi madre fue al colegio a hablar con los profesores porque yo no quería ir a la escuela, les pidió que no me hicieran leer en clase y que me mandaran las tareas para casa, que ellos me ayudarían. Lo que no les dijo era que precisamente ellos, mis padres, prácticamente no sabían  leer.

Luz de Luciérnaga

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Si cierro los ojos me puedo ver sentada en la mesa de la cocina, con mi libro, mis lápices y mi cuaderno sobre el mantel de plástico, leyendo en voz alta la lección, sola. En clase estaba muy atenta a cómo sonaban las palabras dichas por los demás, las guardaba en mi memoria y luego las repetía en casa, una y otra vez, hasta que sonaban igual que como yo las había oído en boca de mis compañeros. Al día siguiente, mientras el maestro ponía a leer a los demás, confirmaba mentalmente que lo había hecho bien la tarde antes, y volvía a memorizar palabras y sonidos nuevos para la tarea que me esperaba a la tarde en casa, sola de nuevo.

Luz de Luciérnaga

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Un día, tras leer el libro “Momo” de Michael Ende, decidí que a lo que me iba a dedicar en la vida era a escuchar, cansada ya de que cada vez que abría la boca se oyera una risita o hubiera miradas cómplices entre los interlocutores, en plan –“¿has oído como habla?”-. Es por esto que, aún a día de hoy,  me cuesta tomar la iniciativa en una conversación con personas que no conozco.

Ginpost-3 frases que cambiaron mi vida-hellomarielou-13

Luz de Luciérnaga

Hasta que llegué al instituto, y si la infancia es difícil, de la época del “insti” que te voy a contar. Me costó separarme de mis amigos del cole, de los que no se reían, con ellos  me sentía segura y confiada, pero poco a poco fui conociendo gente nueva, chicos y chicas que cuando me oían no se reían, ni se miraban, no hacían nada, sólo escucharme y eso era maravilloso. Susana era una de mis compañeras de clase, era repetidora, se le notaba que era mayor, tenía el pelo largo y moreno, y tenía una voz tranquila y amable.

Me empezó a gustar un chico, hubiera forrado toda mi carpeta solo con fotos suyas, me moría de ganas de acercarme y decirle -“¡hola!”- pero, -¿cómo iba a ir yo a decirle nada?, ¿y si se reía de mí por mi voz?, ¿Y si le decía -hola- y soltaba una carcajada?-.

Luz de Luciérnaga

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Si se reía nunca volvería a abrir la boca, nunca volvería a dirigirle la palabra a nadie (típico dramatismo adolescente), y esto era lo que le estaba yo contando un día  a Susana, cuando va ella y me suelta:

-“Y porqué no le vas a decir nada, ¿Qué le pasa a tu voz? pues una voz normal, como otra cualquiera”.-

Y siguió hablando tan tranquila de otra cosa, sin darle ni la más mínima importancia a lo que yo acababa de decirle, como si realmente mi voz fuera normal, como si fuera otra cualquiera. Ella siguió hablando, pero yo, que había hecho firme promesa de dedicar mi vida entera a escuchar, no la escuchaba, se me había quedado la frase martilleándome la cabeza…una voz normal, como otra cualquiera, una voz normal, como otra cualquiera, una voz normal, como otra cualquiera…

Luz de Luciérnaga

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Desde aquel día empecé a pensar que quizá si, que mi voz fuera normal, como otra cualquiera y que aunque estaba muy bien escuchar también podía hablar y no pasaría nada, y si pasaba, me daría media vuelta y me iría con mi voz a otra parte no sin antes decirle a esa persona que era un pedazo de tocino y que es de muy mala educación reírse de los demás.

Luz de Luciérnaga

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Por cierto, fui a hablar con el chico, me atreví finalmente. Hablamos y desde ese día siempre que nos cruzamos por el pasillo nos decíamos -¡Hola!-, quizá para él sólo fuera un -hola- de una de primero de BUP a la que se le caía la baba, pero para mí se convirtió en una victoria que me hacía sonreír y pensar que quizá el mundo iba a empezar a molar… por fin!.

2.- “Los problemas hay que mirarlos desde la luna”.

Era un día de principios de septiembre. Iba a empezar a estudiar en la Universidad dentro de poco y aún no había tenido tiempo de buscar piso, como siempre, había estado todo el verano trabajando. Encontré un anuncio de alquiler de habitaciones individuales en un piso de estudiantes, quedaban dos libres, las tres restantes ya estaban ocupadas por alumnos de Erasmus.

Luz de Luciérnaga

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En conjunto resultaba un piso cutre, como casi todos los que había visto, pero todas las habitaciones eran exteriores, tenía mucha luz natural y ventilación, así que acepté y me quedé con el cuarto que había nada más entrar a la casa. Cuando fui a ver el piso Karolina estaba sentada en el sofá viendo la televisión, me sonrió, me dijo -“¡hola!”- y siguió a lo suyo. Tardamos muy poco en conectar.

Ella era griega, venía de estudiar tres años en Inglaterra, hablaba cinco idiomas, había viajado por muchos países. Yo venía de un pueblo pequeño, era la primera vez que vivía fuera de casa (a veinte kilómetros nada más y nada menos), hablo un castellano aceptable (aunque como soy de Murcia me cuesta pronunciar las -s-), en inglés me puedo defender en la modalidad “Tarzán”, es decir: “yo querer” , “tu venir”, etc. y lo más lejos que había viajado era a Andorra en el viaje de estudios del Colegio.

Luz de Luciérnaga

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Por eso no era de extrañar que cada vez que ella me contaba cosas yo me quedara con la boca abierta, como cuando me hablaba de su país, de sus abuelos de  Checoslovaquia, de su hermano que estudiaba medicina en Italia, de su prima Eleni o de la vida en Inglaterra y de, por ejemplo, lo cara que era allí la fruta o la carne.

Un día me surgió un problema, créeme era una chorrada, pero para mi, en aquel momento era EL PROBLEMA. Lo reconozco, estaba agobiada y no sabía qué hacer.

Luz de Luciérnaga

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Ella se sentó en mi cama, dio unas palmaditas con su mano en el colchón para indicarme que me sentara a su lado y me dijo:

-“Mi pequeña Marielou, los problemas hay que mirarlos desde la luna. Cierra los ojos e imagina que estás en la luna, ahora mira desde allí el mundo, y luego mira esta habitación y a nosotras. ¿Ves qué pequeñas somos? ¿Ves qué pequeño es tú problema?. Ahora analiza las opciones que tienes y elige la que creas que es mejor, y listo.”-

Y listo, así, tan fácil. Y si, me cambió la vida porque aprendí a ver los problemas pequeños, me enseñó a comparar, a mirar desde otra perspectiva, a entender las cosas en su justa medida sin darle más importancia de la que realmente tienen y entendí lo grande que es el mundo, un sitio inmenso por donde poder viajar, ver y aprender, lleno de posibilidades y de miles de maneras de verlo.

Luz de Luciérnaga

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Pero me enseñó mucho más que todo eso. Aprendí que la palabra –amistad– llega un día en que te apetece escribirla con -A- mayúscula, cuando siempre hay algo de lo que hablar, pero los silencios tampoco son incomodos, cuando ya no te apetece irte de compras sola y descubres que no puedes ir sin ella, cuando la esperas a que llegue de clase para comer o te quedas hasta las tantas viendo “Expediente X” oliendo a patata quemada (esto, quizá, algún día cuente lo que es), o cuando puedes pasarte horas jugando al tenis-pasillo con una raqueta-sartén…en fin, cosas nuestras.

Luz de Luciérnaga

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Reconozco, que algunas veces, se me olvida ver los problemas desde la luna, pero eso es porque ella, desgraciadamente, no está aquí para recordármelo.

3.- “Me gusta tu estilo”.

El pasado sábado 18 de abril tuve la suerte de asistir a PuntoMOM, un evento para blogueras celebrado en Oviedo, en el que varias ponentes destacadas en  diversas materias nos dieron charlas sobre temas muy dispares. Más de 400 asistentes disfrutamos de un ambiente envidiable, inspirador y creativo, un market precioso, un catering delicioso, y sobre todo de la compañía de mujeres blogueras (algunas ya amigas) y no blogueras, llenas de inquietudes, de ganas de aprender, de mejorar, de crecer y de empezar una revolución aunque esto último aún no lo sabíamos.

Luz de Luciérnaga

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Una de las conferencias que más me gustó fue la de Andrea Amoretti, estilista y periodista convencida de que “cuando a una mujer le gusta lo que ve en el espejo cada mañana es mucho más feliz” (no lo digo yo, lo dice ella en su blog) y de eso nos habló, de como el estilo nos hace felices y de cómo encontrarlo y crearlo. Al terminar su ponencia preguntó a las asistentes si alguien tenía un consejo de estilo, y una de entre las que allí estábamos contestó con una frase que le decía mucho su madre: -“Nena, tú vales mucho”-. Que suerte –pensé– a mí mi madre nunca me ha dicho eso. Y quizá no sea porque no lo piense (espero), si no porque creo que no ve la necesidad de decirlo. Pero si, si es necesario.

Luz de Luciérnaga

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Posterior al evento se celebró una cena a la que asistían las ponentes y a la que también tuve la suerte de poder ir  (gracias –todo hay que decirlo– a Carmen Quintano de Bizcocho de chocolate) y en la que ya, en un ambiente más distendido y con menos prisas, tuvimos tiempo de charlar con las demás asistentes sobre cómo lo habíamos pasado durante el día o acerca de qué nos habían parecido las ponencias, además de saludar, conocer y charlar un poco con otras blogueras a las que durante el día no nos había dado tiempo de, ni siquiera, dirigirnos la palabra.

En esa cena pude hablar largo y tendido con Marian ( Marian Loves Shoes )  y con Pepa Barco ( Adjetivos animados ) a la que conocí allí. Hubo un momento en el que estábamos las tres hablando y justo al lado había otro grupo en el que estaba ella, Andrea Amoretti. De repente las personas que estaban con ella desaparecieron y Pepa Barco que se había dado cuenta, cortó de repente la conversación que teníamos y nos dijo – “¡vamos a saludar a Andrea!” -. No me dio tiempo ni de reaccionar, de pronto nuestro corrillo pasó de tres a cuatro personas, y yo me vi con ella, de frente, mirándome, mirándola y pensé –Y ahora que le digo yo a esta mujer. No, no estaba nerviosa, simplemente estaba ligeramente histérica. Ella tan divina, con su pelo perfecto, su sonrisa infinita y preciosa, su cara amable, su porte elegante, y yo…en fin, lo dejo ahí.

Luz de Luciérnaga

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Me hubiera gustado decirle que la seguía desde hacía tiempo y que hacía todo lo que recomendaba, pero no era así, ella fue mi gran descubrimiento de PuntoMOM,  y como hay que ir con la verdad por delante fue lo primero que le dije, – No te conocía de nada hasta hoy y me has encantado” – le reconocí que mi armario era un desastre, que no llevaba a cabo nada de lo que había dicho en su ponencia, pero que me iba a comprometer a hacerlo porque pensaba ( y pienso ) que lleva mucha razón y entonces, a bocajarro,  me espeta un – “Pues sigue así, sin hacer nada, porque me gusta tu estilo” – .

-¿Perdón?…si yo no tengo de “eso”– pensé. Claro, eso lo dice porque no me ha visto por las mañanas; o peor aún, porque no me ha visto por las mañanas cuando llego tarde a dejar a Hugo en la guardería, que un día de estos no me lo admiten y no por como va él (que va siempre hecho un pimpollo) si no por como voy yo.

Luz de Luciérnaga

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Me recompuse como pude después del estado de shock en el que me había dejado con su frase, y le di las gracias. Me impactó mucho, podrás pensar que quizá demasiado, yo misma me sorprendí de ello, pero fue como un golpe seco en el estomago. Era algo que no me esperaba, ni en mis mejores sueños. Fue como si a un estudiante de pintura Picasso le dijera que pinta muy bien. Me sonó como un -“Nena, ¡tu vales mucho!”-, de esos que he escuchado muy pocas veces. Casi ninguna. Aunque últimamente, he de reconocer que mi marido me lo dice a menudo, pero siempre pienso que no es objetivo y no le suelo creer.

Demasiadas veces he dejado de lado proyectos sin ni siquiera haberlos empezado por pensar que no era capaz, y realmente de un tiempo a esta parte estaba empezando a cansarme de eso, a cansarme de ni siquiera intentarlo, por el miedo a tropezar y no saber levantarme, por el miedo a no valer.

Aún es pronto para saber el alcance que va a tener en mi vida la frase de Andrea Amoretti, de momento ha sido un chispazo, un empujón, un –sigue así-, un –tú vales-, un –eres capaz-, que va a estar resonando en mi mente durante mucho tiempo.

Esto, acaba de empezar (y por los zapatos).

Luz de Luciérnaga

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Ahora te toca a ti, no te preocupes, no tengo prisa, pongo otra copa y listo…¿Qué me cuentas? ¿Hay alguna frase que a ti te haya cambiado la vida?

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No sé si escribiré un post sobre PuntoMOM, ha sido una experiencia única de la que he vuelto a casa con muchas más cosas de las que me fui, y no precisamente de las que se llevan en una maleta sino, aunque suene cursi, en el corazón. Tengo que asimilar todo, que fue mucho, y si algún día consigo darle a todo eso una forma decente, escribiré ese post, aunque seguramente cuando eso ocurra ya no vendrá a cuento hacerlo. Mientras tanto, si quieres ver, leer y descubrir que fue lo que vivimos allí lo puedes hacer desde la mirada de:

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( Todas las ilustraciones del post son de Luz de Luciérnaga. Parece que estaban hechas para contar esta historia )

( Gracias a Susana, a Karolina y a Andrea )

( Gracias a Belén y a Quintano por convencerme de que fuera a puntoMOM, a mi marido por ponerme la maleta en la puerta para que no se me pasara por la cabeza no ir y a Hugo por existir, si no habría que inventarlo )

( Y gracias a ti por haber leído entero este Gin-Post, intentaré que el siguiente sea más breve ; )

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